Observatorio para las Amenazas Híbridas

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26-02-2019

Italia y la Unión sobre la Ruta de la Seda: los beneficios y costes de ser un freerider en el Mundo Híbrido.

Pablo A. Mazurier

Sabemos todos que la política externa de China se apuntala en el megaproyecto transcontinental conocido como la Nueva Ruta de la Seda, también bautizado "One Belt One Road" ("Un Cinturón, Un Camino"), que conecta China con Europa a través de rutas terrestres (por tren: uniendo Asia central, Turquía y llegando hasta España) y marítimas (uniendo puertos de control chino en el Sudeste Asiático y África).

Este ingente proyecto genera también ásperas discusiones en Europa sobre qué posición tomar. Muchos sostienen la inviabilidad a largo plazo del proyecto, mientras que otros lo interpretan como un tentativo por parte del gobierno chino de ofrecer a su propio pueblo una visión de Estado preocupado por llevar adelante la "misión histórica" de crear una propia "comunidad con un destino común" para ofrecer la respuesta china a los "problemas que enfrenta la humanidad", como sostenido en un interesante artículo de Foreign Policy.

En Europa, recientemente se reunieron 27 de los 28 embajadores europeos en China para acordar un reporte muy crítico sobre el megaproyecto. A tal punto fue crítico, que la Comisión europea ha decidido lanzar un plan alternativo.

No obstante las objeciones imperantes en Bruselas, el nuevo gobierno italiano presidido por la Lega y el M5S, ha decidido jugar como "freerider", distanciándose de la posición del bloque continenta, con el objetivo de apoyar y beneficiarse de un acuerdo preferencial de promoción de la nueva Vía de la Seda, como reportado por La Repubblica.

Ahora bien, los beneficios de este movimiento por parte del gobierno italiano son básicamente tres. En primer lugar, atrae inversiones por parte de las empresas chinas, las que están ávidas de entrar en el mercado europeo y utilizar el know how y reputación de sus partners italianos.
En segundo lugar, se daría un fuerte impulso a puertos en el Adriático y el Tirreno, fomentando no sólo el comercio, sino también promoviendo las economías locales, sobre todo al sur. Y esto es importante pues estas economías regionales compiten fuertemente con otros países de la Unión y la región (como Grecia, Hungría o Bulgaria) que no son tan geopolíticamente importantes pero vuelcan toda su atención nacional a estas actividades.
En tercer término, esta alianza buscaría posicionar a Italia como primer socio de China en Europa, debido al status institucional que presenta el gobierno de Roma, como socio fundador de la UE y tercera economía del bloque regional. Esto implica un gran soft power en términos diplomáticos y comerciales de ser el interlocutor preferencial con el gigante asiático.

Pero todos estos beneficios no van exentos de costes, que también podemos resumir en tres.

Por un lado, tenemos la directa repecusión de esta acción diferenciadora de las políticas acordadas a nivel continental en Bruselas. En términos diplomáticos y políticos, más que poner en relevancia el rol de Italia, en realidad podría conllevar el efecto contrario: rezagar a Roma a un segundo plano a la hora de planear las grandes políticas comunitarias a largo plazo, y obligarla a ceder sus hipotéticos beneficios con China para mantenerla partícipe de los beneficios del bloque.

En segundo lugar, el discurso político italiano actual, haciendo un giro hacia una visión nacionalista y menos comunitaria, sería visto como un Caballo de Troya no sólo de los chinos y de los intereses ítalo-chinos, sino también como una amenaza en términos de erosión política de la institucionalidad europea, sembrando división entre los Estados miembros sobre las posiciones que deberían ser afrontadas más adecuadamente en forma conjunta. Una muestra de ello fue el comentario que ha hecho el subsecreatrio Geraci a Bloomberg, donde sostuvo "Tenemos 28 economías diversas con 28 intereses diversos". Una vez enfrascados en el espiral discursivo de división, el gobierno italiano perdería cada vez más peso específico de negociación y atracción en Bruselas, que no podría ciertamente compensar desde Beijing.

Por último, la política llevada a cabo por el gobierno italiano parece más bien fruto del oportunismo que de una meditada estrategia a largo plazo. Si el interés sólo está centrado en conseguir compradores de bonos de deuda, es obvio que China parece un socio apetecible, pero que a largo plazo no dará ninguna preeminencia a Roma por sobre el bloque continental. Beijing razona siempre en términos pragmáticos, neorealistas y económicos, por lo que nunca buscaría privilegiar socios nacionales frente al apetitoso mercado único europeo. Por tanto, sólo Italia pagaría por las tensiones internas que crea con su rebeldía de freerider europeo.

Y es sobre este último punto que debemos reflexionar a la hora de entender cómo obrar en el nuevo Mundo Híbrido, como ya hemos explicado en el capítulo 4 de nuestro reciente libro sobre amenazas híbridas. En un contexto internacional caracterizado por un continuo incremento de la conflictividad y las tensiones a todo nivel (global, internacional, transnacional, regional, local y digital), donde las clases políticas a nivel nacional padecen la impotencia de no poder obtener soluciones radicales en un contexto de fuerte interdependencia y competitividad, la opción del freerider suele ser atractiva. Pero hay que sopesar siempre estas dinámicas centrífugas que buscan alejarse de las visiones compartidas y estáticas de las grandes instituciones como la Unión Europea con sus verdadero trade-off en términos de costes de oportunidad, de gestión, de aplicabilidad y de imagen.

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